Estamos todos en peligro
octubre 22, 2010 en arte, filosofía, política
Hará un par de semanas me senté al fondo de una sala del Goethe Institut de Barcelona donde a unos señores les dio por hablar de Walter Benjamin.
Pilar Parcerisas se perdió un poco en ese tono anticuario y positivista tan amigo de la Historia del Arte con un listín de referencias cruzadas entre ideas de Benjamin e iconografías de vanguardia… me aburro. En fin, me llamó mucho más la atención (como en general todo lo que se acerca al arte huyendo del discurso de la Historia del Arte) su relato del trabajo detectivesco en busca del rastro de Benjamin en Portbou para el guión de una película. Me quedo con un detalle: el encuentro con Gisèle Freund, autora de las más conocidas fotografías de Benjamin, se redujo a una discusión sobre pagos de derechos de reproducción. La imagen del teórico que concibió la reproducción ilimitada de la imagen como un arma política es aplastada bajo la hostia, en circunferencia perfecta, del copyright. Te adoramos, óyenos, ©.
Manuel Reyes Mate me fascinó con su discurso, aunque sólo tuvo tiempo para esbozar unas pocas líneas (personalmente habría preferido que Gerard Vilar se callara un ratito y le dejara hablar a él, sobre todo cuando en mi opinión se equivocaba de pleno interpretando la articulación de estética y política en Benjamin). A esas pocas líneas de Reyes se unió a una imagen que Francesc Abad, outsider del arte conceptual, dejó caer. Una anécdota mínima pero llena de significados para explicar por qué se ha pasado media vida recopilando fragmentos de y sobre Benjamin:
Me interesé por Benjamin por intuición… la intuición como forma de conocimiento… fue bajo un palosanto, en un casal anglès de Terrassa, oyendo a los obreros del textil relatando la pérdida de la guerra, la derrota, el agotamiento de su modo de vida, el cierre de las fábricas… morfemas, monemas, unidades mínimas de información…
Y en ese punto Reyes Mate dio el golpe al hablar del que es, en su opinión, el punto más débil del pensamiento de Benjamin. Débil pero a la vez intrigante: la distinción entre conocimiento y verdad. El conocimiento, dice Benjamin, lo conseguimos trabajando, amasando, elaborando. Pero la verdad consiste en un asalto fugaz, que nos atrapa desde el pasado (ese pasado que describe Benjamin, cambiante y lleno de presente y que desafía esa cosa tan extraña, de la que todos parecemos estar convencidos, de que el tiempo se articula en pasado, presente y futuro, por ese orden y en línea –basta con ver la inmensidad de posibilidades para enunciar lingüísticamente el pasado en griego clásico para darse cuenta de que nos hemos perdido una fiesta cojonuda con nuestra concepción del tiempo).
Esa verdad benjaminiana sería un relámpago que se impone durante un segundo, una imagen dialéctica. Y aquí viene lo realmente desconcertante: este fogonazo, dice, sólo lo puede captar quien está en peligro.
Pier Paolo Pasolini, 1 de noviembre de 1975, nueve de la noche, Roma. Le acaba de conceder una confusa entrevista a Furio Colombo, periodista de L’Unità. La entrevista se ha detenido. Ha oscurecido y Pasolini no ha encendido ninguna luz en su casa, está quieto en su sillón con la mirada perdida . El periodista cierra su cuaderno. Desde la penumbra, Pasolini pide posponer el encuentro, reconoce que necesita revisar el nudo de referencias, ideas y afirmaciones que ha espetado. Ha hablado de una sociedad cainita, de una represión blanda e informe pero pringosa como el aceite, de la complicidad criminal de la mediocridad bienpensante. Unos meses antes, Pasolini había gritado desgarrado en qué nos estamos convirtiendo. Al despedirse de Colombo aquella noche -al menos Gianluca Maconi así lo reconstruye en viñetas- el director de cine se gira bruscamente y le propone un título para la entrevista: Estamos todos en peligro. Unas horas después, Pasolini muere a palos en un descampado.
Interesantísimo Reyes Mate. No dudes que lo tendré en cuenta para próximas elaboraciones.
Sobre esa distinción Conocimiento / Verdad, realmente me plantea problemas para las perspectivas epistemológicas más “posmodernas” (Kuhn, Bloor, Latour, Boaventura de Sousa Santos…). Esa preponderancia de la “verdad” sobre el “conocimiento” podría ser facilmente aprovechable por algún tipo de postivismo hiper-cientificista, que en su arrogancia epistemicida caería, precisamente, en el olvido de cualquier otra forma de conocimiento.
Sin embargo, entiendo de lo que estáis hablando: nada más lejos de las intenciones del Benjamin místico consumidor de opio. Puedo intuir a que os estáis refiriendo con esa noción de “revelación”, sobre todo si me remito al Julio Cortázar de 62, Modelo Para Armar, todo un delicioso artificio rizomático montado alrededor del concepto budista del satori.
Sigue así, alucino con tus posts.
Julio! Entiendo tus reservas de partida. El pensamiento de Benjamin, contiene puntos que pueden ser peligrosamente malinterpretados. Algo así puede pasar con su noción de mesianismo. Dicho así, a secas, hace saltar alarmas. Sin embargo, leyendo con atención uno se da cuenta de que Benjamin habla de una especie de mesianismo comunitario, radicalmente demócrata. Lo que era patrimonio del Elegido, Benjamin se lo arranca, lo rompe en trozos y lo reparte como un loco por la calle. Algo así sucede con su noción (muy provocadora) de “verdad”, que adopta un tono de revelación al separarse del conocimento. Sin embargo, es similar a esa turba mesiánica que decía: el patrimonio de la iluminación, la gracia divina (la “idéologie charismatique” que cita Bourdieu en el connaisseur de Gran Arte) se convierte no sólo en una modalidad de satori (eres bueno, Souto, eres bueno) accesible a todos sino que la entrega a los “outsiders” sociales, aquellos que sienten la amenaza del peligro extremo. De hecho, creo que este troceamiento de lo sagrado y su reparto a troche y moche es una categoría central en Benjamin (reproducción de imágenes, cine, fotogramas a toda velocidad esparciendo mensajes en red, el derecho a la participación y la opinión, el autor múltiple) y la base misma de su radicalismo.
Además, todo esto encaja con una de las metáforas predilectas del tipet: el trapero. Se merece un post el asunto porque los chiffonniers de París en el XIX llegaron a ser considerados un peligro público de primer orden. Se dedicaban a recoger trozos de basura y terminaron por construir modelos de organización grupal alucinantes. Entre los cacharros encontraban cosas valiosas… iluminaciones entre lo inesperado, de golpe: ¿verdades?
A todo esto, he de decir que tras la barrida del otro día de Reyes Mate (un tipo realmente interesante, no hay que perderle el rastro) Benjamin y Pasolini se me entrelazaron como locos. Por muchos ámbitos y en muchas direcciones. Se avecinan pasquines!
A mí me sigue asustando un poco todo este discurso de la verdad, de la iluminación y de las turbas mesiánicas. Precisamente hace tiempo que decidí tomar partido por las teorías de la justicia liberal-igualitarias porque entre otras cosas renuncian a fijar una visión determinada de conceptos como “la buena vida”. Espero en todo caso las puntualizaciones y entradas posteriores porque este blog y sus ideas hace tiempo que se ganaron toda la credibilidad del mundo.
Dos apuntes para no ponerme tan serio:
- Hace tiempo que José Vicente me habló con pasión de Reyes Mate.
- ¿Para cuándo te tendremos departiendo en la mesa de la conferencia sobre Benjamin mientras otro chico escucha entre hipnotizado y alucinado el discurso y toma notas mentales para su blog?
[...] esto lo hilvanaba en una tranquila revelación que me llevaba a una brillante figura poética que le escuché a Wu Ming, una interesantísima [...]
[...] asfixiante de la sequía o cosido a balazos, indefenso en su silla de ruedas. La verdad es que por un segundo creí ver la sombra de Sarpedón y el cañón todavía humeante: lo vi en la sonrisa congelada [...]
[...] me estoy acostumbrando a la alucinación simple. Igual que hace unos meses creí ver durante un instante el cañón humeante que habría matado a Vic Chesnutt, confieso que me dio un escalofrío al pensar [...]
[...] la capacidad de espanto y de indignación”. No es casual que su punto de referencia sea el concepto de ‘peligro’ del que se valió Walter Benjamin, esa especie de alarma de incendios que debía ponernos alerta ante lo [...]