De animales y ciudadanos: los Centros de Internamiento de Extranjeros y el fascismo social

enero 21, 2012 en política

Dice Boaventura de Sousa Santos que en un momento histórico como el presente –en que la apoteosis triunfal del capitalismo se construye sobre un mantra que niega la posibilidad misma de imaginar alternativas al orden dado de las cosas– necesitamos armarnos de imágenes desestabilizadoras. Con ello se refiere a la puesta en circulación de ideas, imaginarios y percepciones “que pueden restituir la capacidad de espanto y de indignación”. No es casual que su punto de referencia sea el concepto de ‘peligro’ del que se valió Walter Benjamin, esa especie de alarma de incendios que debía ponernos alerta ante lo intolerable.

En concreto, una de las imágenes desestabilizadoras que Santos ha evocado con más insistencia es su preocupación ante el repunte del fascismo social. Según este autor

No se trata de un regreso al fascismo de los años treinta y cuarenta. No se trata, como entonces, de un régimen político sino de un régimen social y de civilización. El fascismo social no sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo sino que la fomenta hasta el punto en que ya no resulta necesario, ni siquiera conveniente, sacrificarla para promover el capitalismo. Se trata, por lo tanto, de un fascismo pluralista y, por ello, de una nueva forma de fascismo.

Al hilo de la más que necesaria movilización social que durante estos días se mantiene en Barcelona (y en otras ciudades del estado) contra los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) el concepto de Santos resulta muy pertinente. Sobre todo cuando se refiere al vínculo existente entre el fascismo social y lo que denomina “Estado paralelo”, es decir

Aquellas formas de la acción estatal que se caracterizan por su distanciamiento del derecho positivo. En tiempos de fascismo social el Estado paralelo adquiere una dimensión añadida: la de la doble vara en la medición de la acción; una para las zonas salvajes, otra para las civilizadas. En estas últimas, el Estado actúa democráticamente, como estado protector, por ineficaz o sospechoso que pueda resultar; en las salvajes actúa de modo fascista, como Estado predador, sin ningún propósito, ni siquiera aparente, de respetar el derecho.

Cuando Santos distingue entre “zonas civilizadas” y “zonas salvajes” está señalando el que es probablemente uno de los pozos ciegos más vergonzosos de la visión moderna y occidental (valga la redundancia) del mundo. Como recuerda este autor, el canon occidental de contrato social (desde los textos clásicos de Locke o Hume hasta las más sofisticadas definiciones de espacios jurídicos transnacionales contemporáneos como podría ser la UE) se han construido sobre una lógica de pensamiento abismal, esto es, sobre una clara delimitación de hasta dónde llega la cualidad de ciudadano, el reconocimiento de las capacidades políticas del individuo y el imperio del derecho. Como dice Santos, “la inclusión siempre tiene como límite lo que excluye”. Así, más allá de la circunscripción de lo civilizado resta un espacio de exclusión y substracción, un afuera, un estado de excepción constante: el territorio del esclavo, del colonizado, de la mujer domesticada, de la masa proletaria entendida como simple ganado industrial.

Este espacio de exclusión radical encontraría su paradigma contemporáneo más representativo en la figura del migrante ilegal(izado): un otro privado de todo derecho, un ser políticamente inexpresable e invisible. Al fin y al cabo, como recuerda Giorgio Agamben rescatando conceptos del derecho clásico, el migrante sin papeles tan sólo posee, como un animal, su mera vida biológica (zoé), algo que los antiguos distinguían claramente de la vida pública, del estatus de ser social concedido al ciudadano de pleno derecho (bios). El ciudadano de pleno derecho de esta nuestra UE llega hasta donde llega el sagrado paraguas de las fronteras Schengen. Así, mientras las fronteras interiores de la civilización se disuelven en nombre del derecho inalienable de la libertad de circulación, los límites exteriores de nuestro imperio del bienestar (cada día más similares a esos limes militarizados del imperio romano, erigidos para separar la pax interior del estado de guerra constante del exterior) se blindan para resistir la amenzante llegada del otro. Un otro, por supuesto, que si de algún modo consigue sortear las zanjas, las vallas y ese mar sembrado de cadáveres que es el Mediterráneo debe ser interceptado y purgado.

Los CIE, a fin de cuentas, son la concreción en hormigón armado de esta divisón abismal entre incluidos y excluidos, entre el nosotros y los otros, entre la civilización y la barbarie. Cabe preguntarse, al menos, qué legitimidad se le concedería en la “zona civilizada” del estado al hecho de que un ciudadano de pleno derecho fuera retenido durante 60 días en una dependencia carcelaria a causa de una falta administrativa (pues, como recordaba el abogado Carlos Carnicer, la gravedad jurídica de los cargos que se imputan a los inmigrantes retenidos en los CIE no son más graves que una infracción al volante). Sin embargo, todo vale en la zona salvaje donde, como indica Santos, la relación entre las faltas y los castigos, las causas y los efectos está totalmente fuera de control y los individuos quedan expuestos a vejaciones imprevisibles. Los testimonios de quienes han pasado por un CIE son demasiado desbordantes y contundentes como para pasarlos por alto (basta con echar un vistazo, por ejemplo, al informe riguroso y documentado publicado recientemente por Migreurop).

Como decía un compañero que participó en la concentración de ayer ante la Delegación de Gobierno de Barcelona, “la Historia nos juzgará por esto”. Y más concretamente nos juzgará por la altura de nuestras acciones ante esta situación. Ya no vale, y ciertamente nunca valió, desviar la mirada hacia otro lado. Todos somos migrantes.

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Las fotografías son de Edu León y Olmo Calvo. Provienen de su proyecto Fronteras Invisibles que ha documentado la cara oculta de la migración Sur-Norte, desde los pasos fronterizos de Calais, Malta o Grecia hasta las redadas racistas en Lavapiés.