Algunas notas desordenadas sobre artistas, política, miserias y verdades reveladas que no revelan nada
enero 27, 2012 en arte, política
No sé muy bien qué es el arte político pero intuyo que es una etiqueta de gatillo fácil, realmente resultona, válida para un roto y un descosido y empleada habitualmente para justificar todo tipo de ventas de humo con supuesta conciencia social. Jacques Rancière es un abuelete cabreado que ha visto mundo y sabe un rato de esto que digo. De hecho, no me cuesta nada coincidir con él cuando se queja de aquellos artistas que proclaman a los cuatro vientos que su arte-de-denuncia desencadenará una movilización política del espectador y que de ahí a la toma del Palacio de Invierno sólo queda un paso, mire usted. Rancière se opone a esta concepción del arte político como verdad revelada con una explicación tan simple como pertinente:
Este efecto no puede ser una transmisión calculable entre conmoción artística sensible, toma de conciencia intelectual y movilización política. No pasamos de la visión de un espectáculo a una comprensión del mundo y, de una comprensión intelectual, a una decisión de acción.
Vamos, que ya somos mayorcitos para saber por mucho que alguien observe, digamos, un mural de Banksy donde Ronald McDonald y Mickey Mouse sacan de paseo a una víctima del Napalm estadounidense en Vietnam…

…no tiene porqué desembocar en una toma de conciencia masiva y en un cuestionamiento profundo de los mecanismos espectaculares que rigen el modelo productivo/social/cultural del corrupto Occidente capitalista. Como recuerda Rancière, esto sólo sucederá en el afortunado supuesto de que el espectador ya esté convencido de antemano de la corrupción del sistema. En ese caso la imagen de Bansky reforzaría un ideario preexistente, toda una serie de valores interiorizados que irían desde la crítica de la sociedad espéctaculo hasta la reflexión en torno al vínculo entre los grandes intereses corporativos y el belicismo imperialista estadounidense. Lo cual no está nada mal para que los izquierdosos nos demos una palmadita en la espalda. Pero es algo ciertamente frustrante si lo que queremos es repensar de verdad los vínculos entre prácticas estéticas y política.
Este asunto se puede complicar mucho. Sobre todo cuando al “artista político” convencido de los poderes mesiánicos de sus construcciones le da por interactuar directamente con las víctimas de la dominación. En este caso la convicción de que mostrar la injusticia es un mecanismo de intervención política eficaz puede adoptar un tinte realmente controvertido. Vale la pena detenerse en el caso de Jacob Riis, fotógrafo viejuno sin pretensiones artísticas, pero bastante útil para ir desentrañando este asunto.
Además de haber inventado el flash, Jacob Riis pasa por ser un pionero en el uso social de la fotografía. Basta con echar un vistazo a su entrada en Wikipedia para encontrar, de entrada, una referencia a las virtudes sociales de su trabajo: “es célebre porque utilizó su talento como fotógrafo y periodista para ayudar a los menos afortunados en la ciudad de Nueva York quienes fueron los principales sujetos de sus obras”.
El hecho de que Riis retratara las gravísimas condiciones de vida de obreros, inmigrantes y marginados suele vincularse directamente con una profunda toma de conciencia de la sociedad neoyorkina de finales del XIX y principios del XX. Son habituales los análisis que vinculan directamente el trabajo de Riis (concretamente su célebre serie de fotografías How The Other Half Lives de 1890) con diversas obras de caridad emprendidas para paliar la insalubridad y el hacinamiento de los barrios bajos de Nueva York –desde el extenso (e ignorado) informe dirigido por Richard Watson Gilder en 1895 hasta las iniciativas de viviendas subvencionadas promovidas por el altruista Lawrence Veiller en las que el propio Riis participó activamente.
Si bien los esfuerzos caritativos de Gilder y Veiller fueron muy reales y contribuyeron a la reforma de los slums es igualmente cierto que cabe preguntarse hasta qué punto las fotografías de Riis jugaron un papel decisivo en las mismas (sin entrar ahora en la obviedad de que la caridad de los prohombres neoyorkinos está lejos de ser un ejemplo terminado de política horizontal, al menos según mi exaltada forma de entender las cosas).
Jacob Riis: ‘Lodgers in Bayard St. Tenement’ en ‘How The Other Half Lives’ (1890)
Como señala Tom Mitchell ante estas imágenes, existe una tensión ciertamente incómoda entre el “uso social” que Riis pretende dar a sus fotografías y la violencia que subyace a los modos de producción de las mismas. Una violencia que, como recuerda este autor, iba desde lo representativo y lo simbólico hasta la realidad más cruda y policial:
What we see, instead, are scenes of tenement squalor in which dazed subjects (who have often been roused from their sleep) are displayed in passive bedazzlement under the harsh illumination of Riis’s flash powder (…) The photograph may be “evidence” for propositions quite at odds with the official uses that Riis wants to put them. The beholder, in turn, is presented with an uncomfortable question: is the political, epistemological power of these images (their “shock” value) a justification for the violence that accompanies their production? (Riis worked as a journalist in close collaboration with the police; many of these photos were taken during nighttime raid; these are, in a real sense, surveillance photographs).
Lo que vemos, sin embargo, son escenas de vecindarios miserables en que sujetos aturdidos (que muchas veces han sido despertados de su sueño) son representados en un deslumbramiento pasivo bajo la agresiva iluminación del polvo del flash de Riis (…) La fotografía puede ser una “prueba” para propósitos ciertamente contradictorios con el uso oficial que Riis pretendía hacer de las mismas. El observador se ve confrontado con una pregunta incómoda: ¿justifica el poder político y epistemólogico de estas imágenes (su valor de ‘shock’) la violencia que acompaña a su producción? (Riis trabajó como periodista en estrecha colaboración con la policía; muchas de estas imágenes fueron tomadas durante redadas nocturnas; éstas son, literalmente, fotografías de vigilancia).
Si algo señala el caso de Riis es el conflicto inevitable que entraña el encuentro del artista con la miseria extrema. De hecho, ante estas fotografías Mitchell llega a una conclusión de la que quizá deberían tomar nota muchos proyectos de “arte público” que se arrogan una capacidad de intervención salvadora en situaciones de extrema marginalidad social:
The “taking” of human subjects by a photographer (or a writer) is a concrete social encounter, often between a damaged, victimized, and powerless individual and a relatively privileged observer, often acting as the “eye of power”, the agent of some social, political, or journalistic institution.
La “captura” de seres humanos por un fotógrafo (o escritor) es un encuentro social concreto, a menudo entre un individuo damnificado, victimizado e impotente y un observador relativamente privilegiado, a menudo actuando como el “ojo del poder”, el agente de alguna institución social, política o periodística.
En este sentido la experiencia de Riis también sería pionera en algo que no debería sorprender a nadie a estas alturas de la partida: el modo en que muchas instituciones políticas y culturales han instrumentalizado, al menos desde los años 70 de forma particularmente descarada, iniciativas de arte público como medios eficaces de espionaje social. Por otro lado, el abismo social que separa al Artista (esa figura ante la cual Richard Florida salivaría generosamente en tanto que elemento decorativo im-pres-cin-di-ble de toda ciudad creativa 2.0 que se precie) del Paria (esa figura que queda tan mal cuando te visita el Santo Padre u otra estrella del rock and roll y que más vale que escondas, reprimas y acoses policialmente) convierte en sospechosas, cuando no ridículas, cualquier pretensión de intervención o salvación mesiánica a través del arte.
Y esto no tiene por qué suceder sólo en intervenciones que ocultan oscuros propósitos institucionales. No deja de parecerme extremadamente inocente (o perversa) esa imagen romanticona y autocomplaciente del artista que llega, cual flautista de Hamelín, a resolver los problemas del lumpen. ¿En virtud de qué se le ha concedido ese privilegio al artista? ¿Por qué dejar en sus manos la emancipación de los dominados? ¿No tienen manos los dominados? ¿O es que no nos fiamos de ellas? En todo esto pensaba cuando releía un artículo en que una Jane Crawford felizmente cegada por los efluvios de la bohème relataba las acciones de los artistas del Soho neoyorkino revolucionario-que-te-mueres de los 70:
Siendo un artista de poco dinero, Gordon [Matta-Clark] no tardó en sentirse identificado con este tipo de personas [los sin techo]. La diferencia era que él contaba con un título de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Cornell [y aquí me permito intervenir esta cita y decir: oh, pequeña diferencia] (…) Haciendo uso de coches abandonados y otros restos encontrados en este lugar, intentó construir una vivienda más sólida que las típicas casas de cartón y capaz de resistir el agua (…). Gordon descubrió además que mediante el empleo de una pequeña cocinilla de propano (algo bastante común entre los sin techo), era posible fundir las botellas de vino y cerveza para formar ladrillos que sirviesen como elementos estructurales para una vivienda más duradera. Al fabricar estos objetos ante los sin techo que se encontraban allí, albergaba la esperanza de poder capatar su atención (…) Para la inauguración de la exposición, hizo un cerdo asado sobre una fogata. Esperaba atraer a los vecinos con el aroma de su cocina para así poder discutir sus ideas con los habitantes locales que vivían en esas cajas de cartón. Aunque Matta-Clark rehizo su Garbage Wall en cuatro lugares diferentes, nunca logró que la idea prendiese entre los sin techo como una solución a sus problemas.
Más allá de las loables y sin duda ingeniosas ocurrencias de Matta-Clark el problema reside en el auténtico choque trenes que supone la interacción entre un artista obcecado con redefinir los “lugares del arte” (mis inauguraciones son cenas vecinales y mi espacio expositivo es la ciudad, oh yeah) y un sin techo cuyo combate cotidiano es una lucha a vida o muerte constante. Al fin y al cabo creo que Rancière está en lo cierto cuando dice por activa, pasiva y media que lo último que necesitan los dominados es que les expliquen las causas y condiciones de su dominación. Del mismo modo creo que por mucho título de Cornell que tuviera el señor Matta-Clark cualquiera de los sin techo que lo observarían entre perplejos e indeferentes tenía conocimientos bastante más precisos sobre los problemas derivados de dormir noche tras noche al raso.

Los Garbage Walls de Matta-Clark no cobijaron a un solo sin techo pero no hay nada que no te resuelva un técnico de iluminación en una sala de exposiciones.
La cuestión no consiste en trasladar a los escenarios de la marginación el aparato discursivo del arte (por subversivo y cool que sea el discurso de turno). Nunca he creído en esa imagen del Artista que irrumpe en escena como un deus ex machina que nos revela las verdades ocultas que nuestras estúpidas mentes no han captado, estupefactos como estamos ante las pantallas del todopoderoso Espectáculo. Dudo profundamente de ese discurso pomposo que se propone despertar la conciencia de los dominados. Básicamente porque tal cosa nunca ha pasado. Y porque aceptar esos presupuestos implica asumir que los dominados (o directamente todos los que no somos artistas) somos incapaces de pensar y actuar por nosotros mismos.
Buff… gran post, merece digestión.
Se me ocurre que, igual que hay escritores y escritores, hay fotografías y fotografías. Lo que acabo de enlazar son las famosas fotografías de la carcel negra en El Aaiun, tomadas clandestinamente por algún preso anónimo, y que diferentes entidades defensoras de los derechos humanos (con lo que implica defender los Derechos Humanos en el Sahara Occidental hoy) consiguieron sacar a la luz y difundir por internet. Fueron las primeras fotos reales del interior de esta cárcel, que tomaba su nombre precisamente de su opacidad y secretismo frente a cualquier observador ajeno al criminal gobierno marroquí.
Formalmente, ateniéndonos únicamente a la imagen, creo que podríamos encontrar muchas semejanzas estructurales entre la foto de Riis que insertas arriba y las fotos de la Cárcel Negra (aunque esto lo digo careciendo de todo título universitario en materia estética). Hay una serie de gente dormitando o intentando dormir, tumbada en el suelo en condiciones de hacinamiento. Como diferencia relevante, destacaría que los presos saharauis, al contrario que los slums de New York, no miran al objetivo de la cámara.
Aparte de esto, creo que el relato que enmarca las imágenes, especialmente el relato sobre su autoría, producción y difusión, transforma totalmente su sentido.
Y esto, claro, tiene todo que ver con lo que acabas de escribir.
Digiere el post que yo digiero tu peazo comentario.
No sabría resolver la cuestión de una vez por todas, aunque aclaro que en ningún caso pretendía afirmar tajantemente que la imagen es totalmente impotente a la hora de intervenir políticamente en la realidad (ahí entra eso que Mitchell dice por ahí arriba del valor “político y epistemológico” de la imagen que en el caso del contexto de silencio asfixiante del Sáhara Occidental es indudable). El problema, sin embargo, va por dónde señala Rancière: ¿en qué modo traducimos esto a la producción cultural propiamente dicha? Y sobre todo ¿no estamos ya un poco cansados de ese Artista que nos taladra a nosotros los mortales con su discurso mesiánico de salvación?
Y aquí entramos en el debate que abres de refilón: los modos de hacer que todo lo transforman. En ningún caso creo que podamos equiparar a un activista de derechos humanos que se juega el tipo en la cárcel negra con un fotógrafo decimonónico metido en círculos de caridad que aprovecha redadas policiales para echar unas fotos con un artista de avant-garde que proclama la abolición del capitalismo en la galería de arte de turno. Cada caso merece un análisis muy particular, una evaluación específica de sus estrategias estéticas. Pero algo tengo claro: ¿y si en vez de las fotografías de Riis echáramos un ojo a las fotografías, escritos, canciones, historias y formas de organización que elaboraron los propios proletarios y maleantes de los slums? Quizá ahí nos encontraríamos otras políticas estéticas y otras estéticas de la política bastante más sugerentes (y que te voy a contar a ti, metido como estás con los literatos marginales).
Seguimos palabreando.
Ieieeee Crack!
M’ha recordat aquella experiència que visquerem molts del concert multitudinari d’Obrint pas a taronjers, 7 dies abans de les eleccions, jo creia que tiravem al PP i va traure el resultat més bèstia fins el moment.
Mira, a ous ve açò, te deixe un article de mon pare per ací pal Levante-EMV pròxims dies (ací en exclusiva, espere que no me pegue una bronca jejeje…)
Un abraç maezztros!!
(Pau estic rebentat del gym hui, a vore si demà tens un ratillo a última hora)
BREVICULUM
Francesc J. Hernàndez
On va la bufa?
A l’Ateneu, l’escultor Fukuda-Luna exposa fragments de ferro, arreplegats d’ací i d’allà i soldats, que evoquen el diàleg amb la natura, la claredat, i la transparència. Rememora la veritat com a evidència de Heidegger i la claríssima intuició de Benjamin amb el dibuix de l’àngel de la història de Klee, aquell que batia les ales cap enrere, amb cara de terror, allunyant-se de l’espectacle de les víctimes del segle. Una visió transparent, diamantina. La transparència no és el contrari de l’opacitat, sinó de la invisibilitat. Axel Honneth ha introduït la invisibilització como una més de les formes de desconsideració. Ho podeu llegir en La societat del menyspreu (edit. Trotta). No només estem obligats a guanyar-nos la vida, com afirmava Marx, sinó que a més som bandejats i ignorats. Se’ns furta el dret a dir la nostra. Amb pantalles gegants, ninots de ventriloquia i argumentaris de saldo, es reduex l’espai públic a una immensa carabassa -com deia Arnau de Vilanova- plena de vent i d’oruga. El problema de la borbolla immobiliària no era la desaforada depredació, sinó la immensa buidor que planava. Lamenteu-ho: cap tribunal no pot absoldre-vos de la fatuïtat. Quina altra cosa és l’Àgora, sinó la piràmide del no res, la catedral de la supèrbia? Què són les escultures de Ripollés, sinó globus metàl·lics? “On va la bufa?” preguntaria encara Eiximenis pels carrers de València. Però hi ha esperança. El dret a la lliberat, com explica Honneth en el darrer llibre (edit. Suhrkamp), no és una concesió; arrela en el sentiment de la persona menyspreada, en la seua lluita per ser reconeguda. Una pugna que brolla i el riu puja. Amb cada homilía del portaveu parlamentari, Los Chikos del Maíz i els grups de rap fan deu temes incendiaris. Per cada pot de laca per estovar el cardat d’aquella que troba normal rebre bossos de luxe de regal, se n’obrin cent esprais de pintura per fer graffitis. Cada gala de tronío pagada amb diners públics la celebren els grups de rock en valencià pujant dos-cents temes a la xarxa. De res no serveix que ara digueu que us avergonyiu: les hemeroteques són nostres. L’espai públic no pot estar eternament segrestat. Ho ha recordat Jürgen Habermas en el seu darrer llibre sobre La constitució d’Europa (edit. Suhrkamp). El vell professor de l’Escola de Frankfurt encara dóna lliçons a la nostra esquerra esgavellada. Un Habermas que sembla Stephan Hessel. No cal estranyar-se: el vell indignat francés de jove fou un dels últims en parlar amb Benjamin camí de Port-Bou. I Habermas, deixeble de Heidegger i Benjamin, ho té clar: front al segrest de l’opinió pública, més Europa; front als especuladors, més democràcia. Perquè Europa, avui més que mai, és un projecte constitucional, i això vol dir senzillament de sobirania popular, i no reformes de taula de braser. La nostra memòria és llarga i els ferrovellers ja han acampat a la vora de les pistes sense avions. A Fukuda-Luna no li faltarà el material.
Frances Hernández i Dobón cita Los Chikos del Maíz?
Maremeua… aixó deu ser el flow de Boaventura, que marca tendencia, bro!
Volviendo de Gandia le puse en el coche el principio de un tema de los Chicos y le encantó y escuchamos todo el disco! Jajaja Está muy indignado…
Un momento! Queremos un pique de rimas Boaventura vs. Francesc! Enorme.
jajajaja, que pena que aquí no hay opción de “Me gusta”, como en fesibu. Me ha encantao lo de “esta muy indignado”… jajaja
Carles, mil gràcies per l’exclusiva de l’article de ton pare! Tiraré del fil de les referències que cita perquè m’interessen moltíssim. Dóna en el clau en assenyalar que el gran problema de la política hui passa pel reconeixement i l’aparició en l’espai públic d’aquells que són silenciats i invisibilitzats en el discurs mainstream (un espai públic que més que buit i banal jo diria que està militarment ocupat i meticulosament segregat). I ací, efectivament, hi entren les pràctiques estètiques (dels Chikos i les pintades a l’ocupació de la plaça) i la possibilitat de repensar tot allò de que és (o podria ser) l’art polític. De les esculptures de Ripollés millor ni en parle.