Algunas notas desordenadas sobre artistas, política, miserias y verdades reveladas que no revelan nada

enero 27, 2012 en arte, política

No sé muy bien qué es el arte político pero intuyo que es una etiqueta de gatillo fácil, realmente resultona, válida para un roto y un descosido y empleada habitualmente para justificar todo tipo de ventas de humo con supuesta conciencia social. Jacques Rancière es un abuelete cabreado que ha visto mundo y sabe un rato de esto que digo. De hecho, no me cuesta nada coincidir con él cuando se queja de aquellos artistas que proclaman a los cuatro vientos que su arte-de-denuncia desencadenará una movilización política del espectador y que de ahí a la toma del Palacio de Invierno sólo queda un paso, mire usted. Rancière se opone a esta concepción del arte político como verdad revelada con una explicación tan simple como pertinente:

Este efecto no puede ser una transmisión calculable entre conmoción artística sensible, toma de conciencia intelectual y movilización política. No pasamos de la visión de un espectáculo a una comprensión del mundo y, de una comprensión intelectual, a una decisión de acción.

Vamos, que ya somos mayorcitos para saber por mucho que alguien observe, digamos, un mural de Banksy donde Ronald McDonald y Mickey Mouse sacan de paseo a una víctima del Napalm estadounidense en Vietnam…

…no tiene porqué desembocar en una toma de conciencia masiva y en un cuestionamiento profundo de los mecanismos espectaculares que rigen el modelo productivo/social/cultural del corrupto Occidente capitalista. Como recuerda Rancière, esto sólo sucederá en el afortunado supuesto de que el espectador ya esté convencido de antemano de la corrupción del sistema. En ese caso la imagen de Bansky reforzaría un ideario preexistente, toda una serie de valores interiorizados que irían desde la crítica de la sociedad espéctaculo hasta la reflexión en torno al vínculo entre los grandes intereses corporativos y el belicismo imperialista estadounidense. Lo cual no está nada mal para que los izquierdosos nos demos una palmadita en la espalda. Pero es algo ciertamente frustrante si lo que queremos es repensar de verdad los vínculos entre prácticas estéticas y política.

Este asunto se puede complicar mucho. Sobre todo cuando al “artista político” convencido de los poderes mesiánicos de sus construcciones le da por interactuar directamente con las víctimas de la dominación. En este caso la convicción de que mostrar la injusticia es un mecanismo de intervención política eficaz puede adoptar un tinte realmente controvertido. Vale la pena detenerse en el caso de Jacob Riis, fotógrafo viejuno sin pretensiones artísticas, pero bastante útil para ir desentrañando este asunto.

Además de haber inventado el flash, Jacob Riis pasa por ser un pionero en el uso social de la fotografía. Basta con echar un vistazo a su entrada en Wikipedia para encontrar, de entrada, una referencia a las virtudes sociales de su trabajo: “es célebre porque utilizó su talento como fotógrafo y periodista para ayudar a los menos afortunados en la ciudad de Nueva York quienes fueron los principales sujetos de sus obras”.

El hecho de que Riis retratara las gravísimas condiciones de vida de obreros, inmigrantes y marginados suele vincularse directamente con una profunda toma de conciencia de la sociedad neoyorkina de finales del XIX y principios del XX. Son habituales los análisis que vinculan directamente el trabajo de Riis (concretamente su célebre serie de fotografías How The Other Half Lives de 1890) con diversas obras de caridad emprendidas para paliar la insalubridad y el hacinamiento de los barrios bajos de Nueva York –desde el extenso (e ignorado) informe dirigido por Richard Watson Gilder en 1895 hasta las iniciativas de viviendas subvencionadas promovidas por el altruista Lawrence Veiller en las que el propio Riis participó activamente.

Si bien los esfuerzos caritativos de Gilder y Veiller fueron muy reales y contribuyeron a la reforma de los slums es igualmente cierto que cabe preguntarse hasta qué punto las fotografías de Riis jugaron un papel decisivo en las mismas (sin entrar ahora en la obviedad de que la caridad de los prohombres neoyorkinos está lejos de ser un ejemplo terminado de política horizontal, al menos según mi exaltada forma de entender las cosas).

 Jacob Riis: ‘Lodgers in Bayard St. Tenement’ en ‘How The Other Half Lives’ (1890)

Como señala Tom Mitchell ante estas imágenes, existe una tensión ciertamente incómoda entre el “uso social” que Riis pretende dar a sus fotografías y la violencia que subyace a los modos de producción de las mismas. Una violencia que, como recuerda este autor, iba desde lo representativo y lo simbólico hasta la realidad más cruda y policial:

What we see, instead, are scenes of tenement squalor in which dazed subjects (who have often been roused from their sleep) are displayed in passive bedazzlement under the harsh illumination of Riis’s flash powder (…) The photograph may be “evidence” for propositions quite at odds with the official uses that Riis wants to put them. The beholder, in turn, is presented with an uncomfortable question: is the political, epistemological power of these images (their “shock” value) a justification for the violence that accompanies their production? (Riis worked as a journalist in close collaboration with the police; many of these photos were taken during nighttime raid; these are, in a real sense, surveillance photographs).

Lo que vemos, sin embargo, son escenas de vecindarios miserables en que sujetos aturdidos (que muchas veces han sido despertados de su sueño) son representados en un deslumbramiento pasivo bajo la agresiva iluminación del polvo del flash de Riis (…) La fotografía puede ser una “prueba” para propósitos ciertamente contradictorios con el uso oficial que Riis pretendía hacer de las mismas. El observador se ve confrontado con una pregunta incómoda: ¿justifica el poder político y epistemólogico de estas imágenes (su valor de ‘shock’) la violencia que acompaña a su producción? (Riis trabajó como periodista en estrecha colaboración con la policía; muchas de estas imágenes fueron tomadas durante redadas nocturnas; éstas son, literalmente, fotografías de vigilancia).

Si algo señala el caso de Riis es el conflicto inevitable que entraña el encuentro del artista con la miseria extrema. De hecho, ante estas fotografías Mitchell llega a una conclusión de la que quizá deberían tomar nota muchos proyectos de “arte público” que se arrogan una capacidad de intervención salvadora en situaciones de extrema marginalidad social:

The “taking” of human subjects by a photographer (or a writer) is a concrete social encounter, often between a damaged, victimized, and powerless individual and a relatively privileged observer, often acting as the “eye of power”, the agent of some social, political, or journalistic institution.

La “captura” de seres humanos por un fotógrafo (o escritor) es un encuentro social concreto, a menudo entre un individuo damnificado, victimizado e impotente y un observador relativamente privilegiado, a menudo actuando como el “ojo del poder”, el agente de alguna institución social, política o periodística.

En este sentido la experiencia de Riis también sería pionera en algo que no debería sorprender a nadie a estas alturas de la partida: el modo en que muchas instituciones políticas y culturales han instrumentalizado, al menos desde los años 70 de forma particularmente descarada, iniciativas de arte público como medios eficaces de espionaje social. Por otro lado, el abismo social que separa al Artista (esa figura ante la cual Richard Florida salivaría generosamente en tanto que elemento decorativo im-pres-cin-di-ble de toda ciudad creativa 2.0 que se precie) del Paria (esa figura que queda tan mal cuando te visita el Santo Padre u otra estrella del rock and roll y que más vale que escondas, reprimas y acoses policialmente) convierte en sospechosas, cuando no ridículas, cualquier pretensión de intervención o salvación mesiánica a través del arte.

Y esto no tiene por qué suceder sólo en intervenciones que ocultan oscuros propósitos institucionales. No deja de parecerme extremadamente inocente (o perversa) esa imagen romanticona y autocomplaciente del artista que llega, cual flautista de Hamelín, a resolver los problemas del lumpen. ¿En virtud de qué se le ha concedido ese privilegio al artista? ¿Por qué dejar en sus manos la emancipación de los dominados? ¿No tienen manos los dominados? ¿O es que no nos fiamos de ellas? En todo esto pensaba cuando releía un artículo en que una Jane Crawford felizmente cegada por los efluvios de la bohème relataba las acciones de los artistas del Soho neoyorkino revolucionario-que-te-mueres de los 70:

Siendo un artista de poco dinero, Gordon [Matta-Clark] no tardó en sentirse identificado con este tipo de personas [los sin techo]. La diferencia era que él contaba con un título de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Cornell [y aquí me permito intervenir esta cita y decir: oh, pequeña diferencia] (…) Haciendo uso de coches abandonados y otros restos encontrados en este lugar, intentó construir una vivienda más sólida que las típicas casas de cartón y capaz de resistir el agua (…). Gordon descubrió además que mediante el empleo de una pequeña cocinilla de propano (algo bastante común entre los sin techo), era posible fundir las botellas de vino y cerveza para formar ladrillos que sirviesen como elementos estructurales para una vivienda más duradera. Al fabricar estos objetos ante los sin techo que se encontraban allí, albergaba la esperanza de poder capatar su atención (…) Para la inauguración de la exposición, hizo un cerdo asado sobre una fogata. Esperaba atraer a los vecinos con el aroma de su cocina para así poder discutir sus ideas con los habitantes locales que vivían en esas cajas de cartón. Aunque Matta-Clark rehizo su Garbage Wall en cuatro lugares diferentes, nunca logró que la idea prendiese entre los sin techo como una solución a sus problemas.

Más allá de las loables y sin duda ingeniosas ocurrencias de Matta-Clark el problema reside en el auténtico choque trenes que supone la interacción entre un artista obcecado con redefinir los “lugares del arte” (mis inauguraciones son cenas vecinales y mi espacio expositivo es la ciudad, oh yeah) y un sin techo cuyo combate cotidiano es una lucha a vida o muerte constante. Al fin y al cabo creo que Rancière está en lo cierto cuando dice por activa, pasiva y media que lo último que necesitan los dominados es que les expliquen las causas y condiciones de su dominación. Del mismo modo creo que por mucho título de Cornell que tuviera el señor Matta-Clark cualquiera de los sin techo que lo observarían entre perplejos e indeferentes tenía conocimientos bastante más precisos sobre los problemas derivados de dormir noche tras noche al raso.

Los Garbage Walls de Matta-Clark no cobijaron a un solo sin techo pero no hay nada que no te resuelva un técnico de iluminación en una sala de exposiciones.

La cuestión no consiste en trasladar a los escenarios de la marginación el aparato discursivo del arte (por subversivo y cool que sea el discurso de turno). Nunca he creído en esa imagen del Artista que irrumpe en escena como un deus ex machina que nos revela las verdades ocultas que nuestras estúpidas mentes no han captado, estupefactos como estamos ante las pantallas del todopoderoso Espectáculo. Dudo profundamente de ese discurso pomposo que se propone despertar la conciencia de los dominados. Básicamente porque tal cosa nunca ha pasado. Y porque aceptar esos presupuestos implica asumir que los dominados (o directamente todos los que no somos artistas) somos incapaces de pensar y actuar por nosotros mismos.

Julien Prévieux a la caza de la profecía capitalista

octubre 8, 2011 en arte, economía, religión

Hace unos días hablábamos de los Sacros Designios de los Mercados con una cierta frustación: no hay forma de aclararse con la voz en off de Nuestro Señor y vamos como locos por este valle de lágrimas sin saber muy bien cuándo se cernirán sobre nosotros las siete plagas de Egipto, el diluvio universal y el juicio final de la prostituta de Babilonia.

Con la inteligencia preclara que se espera de todo artista contemporáneo de bien, Julien Prévieux se anticipó hace ya cinco años a todas nuestras preocupaciones. Con su tríptico À la Recherche du Miracle Économique nos propuso una lectura oracular de El Capital de Marx para ayudarnos a navegar entre los misterios insondables del verbo divino.

PREVIEUX_A la recherche du miracle economique_01

Lee el resto de esta entrada →

Algunas hipótesis de trabajo en torno a Alessio Rastani, el broker joputa

septiembre 27, 2011 en arte, economía, política

La Revelación de Rastani

Ayer Ignacio Escolar se hacía eco en su blog y hoy era portada en la edición digital de Público, junto a una breve columna del propio Escolar: un broker londinense de nombre Alessio Rastani declara en la BBC que, lejos de estar preocupado por la crisis, la percibe como el momento idóneo para enriquecerse. Dice que “millones de personas perderán sus ahorros” pero que le trae sin cuidado. Él, al fin y al cabo, confiesa que sueña cada noche con una recesión de la que sacar tajada. Y todo concluye con una “sorprendente” información:

No es el momento de hacerse ilusiones: los Gobiernos no van a arreglar nada. Los Gobiernos no dirigen el mundo, lo dirige Goldman Sachs y a éste no le importa este rescate.

Aunque la periodista de la BBC le contesta al señor Rastani que todo el plató está boquiabierto ante sus palabras creo que difícilmente puede decirse que este tipo esté diciendo algo nuevo. Siendo serios ¿alguien dudaba que hay una casta de sacerdotes financieros que se están forrando con la crisis? ¿o que las agencias de rating gobiernan el planeta a su antojo?

Lee el resto de esta entrada →

El inconfesable pene de Dios

julio 29, 2011 en arte, religión

Una vez más, una turba católica impone su particular visión de las cosas. En esta ocasión la víctima es el fotógrafo Sergio Parra, que exponía en el Festival de Mérida su proyecto Camerinos. Se trata de una serie de fotografías de actores a punto de entrar en escena donde, ¡blasfemia!, se encontraba el siguiente retrato de Asier Etxeandía antes de actuar en una adaptación de la Divina Comedia:

sergio parra_asier etxeandia

Lee el resto de esta entrada →

El arte crítico y el círculo de la culpabilidad

julio 11, 2011 en arte, política

Leía el otro día en Diagonal un artículo de Kiko Amat en el que despotricaba contra el paripé en que se convirtió la cultura de la Transición -aquel circo cabaretero donde Alaska, Mecano, los artistas rotondistas y otros animales culturales fueron proclamado representantes de nuestro ideal democrático y, de paso, nos olvidamos de una vez por todas de aquellos aburridos comunistas y anarquistas que murieron luchando contra Franco, qué más da, tengo los huesos desencajados y me paso el día bailando, déjate tú de la lucha de clases y la tierra para los que la trabajan. Como dice Amat, eran tiempos felices de inauguración y celebración cultural:

…la cultura oficial de la post-movida y la Cultura de la Transición, los fastos achampañados de las concejalías de cultura y las inauguraciones de otra birria informe esculpida en latón para la enésima plaza de pueblo de ayuntamiento sociata: era BASURA. Basura subvencionada, inútil, inane, sin alma ni coraje alguno, mercantilista y clientelista, que no representaba otra cosa que el afán de lucro y la celebración de la fiesta-por-la-fiesta de sus adalides.

En fin, hasta aquí todo iba muy bien, y realmente estaba disfrutando el artículo de Amat. Sobre todo cuando se centraba en el caso de Barcelona: oh, Barcelona y su política cultural biempensante à la PSC, en la que una mano da museos y la otra golpea, expropia y gentrifica los barrios populares -claro que el retorno de CiU mantiene la mano de las hostias y en la de los museos pone unas tijeras muy gordas, mire usted hasta dónde pueden llegar las flechas del arco parlamentario.

Pero, según avanzaba el artículo y la cosa derivaba hacia una reflexión más amplia sobre las relaciones entre las prácticas artísticas y la mercantilización de la cultura, me empecé a sentir un poco incómodo. Releí la cosa y algunos detalles dejaron de gustarme tanto. Vamos a echarle un vistazo al final del artículo:

Lee el resto de esta entrada →

Das Kapital

junio 9, 2011 en arte

Imagino la realidad en que vivimos como si fuera una ocupación militar. Hemos sido ocupados, tal como lo fueron los franceses y los noruegos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, pero esta vez por un ejército de publicitarios. Debemos recuperar nuestro país de manos de quienes lo han ocupado en nombre de sus amos mundiales. Ursula Franklin

KAPITAAL por Studio Smack (visto en Contraindicaciones)

Arte, mujeres y resquicios tecnológicos

marzo 29, 2011 en arte

Hace unos años, siguiendo las excelentes clases de arte del XIX de Carmen Gracia en la Universitat de València, me interesé por el enfoque de género en Historia del Arte. Cuando luego me fui a Toulouse no tuve más remedio que seguir rumiando la cosa -no sólo porque asistí a los desconcertantes seminarios de Christian Mange (quien no necesita más explicación que esto) sino que también porque, cuando estalló todo, me vi metido en fregaos curiosos.

De todo aquello salieron dos artículos bastante simplones que algún día tendré que volver a coger en serio. En cualquier caso, al releerlos me he dado cuenta de que, tras un batiburrillo marxistoide un poco inocente, tenían algunos puntos de contacto y referencias interesantes. Uno trataba la figura de la escultora Camille Claudel y su eclipse en los cánones tradicionales tras el virilísimo Rodin. El otro era más molón e incendiario porque lo escribía entre barricadas y asambleas generales del Comité de Lutte y ya se sabe que las mentes de nosotros los burguesitos jugando a revolucionarios es fácilmente excitable y verborreica. Se dedicaba a deconstruir La Anunciación de Dante Gabriel Rossetti como trasunto de la misoginia del grupo prerrafaelita, particularmente concretada en el trato dispensado a la también artista Elisabeth Siddall (ya sabes, la típica chica pobre que pones de láudano hasta el culo, se la tira toda tu cofradía bohemia, luego la palma de sobredosis y te dedicas a pintarla obsesivamente durante tus posteriores colocones).

La cosa tenía mucha miga: mujeres frente a la institución del arte decimonónico, falocéntrica y autoritara a partes iguales, construida sobre códigos inalterables en nombre de lo sublime. Realmente, una mujer que quisiera dedicarse a las Bellas Artes en el París del XIX lo tenía crudo. Si era rica y su familia no eran unos carcamales, quizá podía permitirse clases en una academia privada (como la Colarossi, la Julian que desde 1868 admitía mujeres o la de madame Bertaux desde 1873). Sin embargo, la única vía posible para hacer del arte una profesión (esto es: la Academia y el acceso a encargos oficiales) estaba cerrada a cal y canto -las cosas no iban mejor del lado de los hippies de la época: se habrá deducido que los hermanados prerafaelitas eran de todo menos activistas de género (de hecho mi tesis en el texto sobre Rossetti apuntaba hacia la misoginia de las primeras formas de socialismo y comunitarismo antiburgués).

El asunto de la presión social contra las mujeres artistas queda bastante claro leyendo las actas de la discusión, ante una comisión de académicos, de Léon Bertaux y Virginie Demont-Breton (quienes representaban respectivamente a las escultoras y pintoras y exigían una academia mixta) . Los Artistas les dijeron de todo para no dar su brazo a torcer, empezando con que la École no tenía espacio para acoger mujeres. Luego ya vinieron hasta las imaginaciones calenturientas de Charles Garnier:

Mettre les jeunes hommes et les jeune filles sous le même toit, ce serait mettre le feu près de la foudre et cela produirait une explosion dans laquelle sombrerait l’Art tout entier!

De hecho, si finalmente se consiguió en Francia la admisión de mujeres en la Academia (en 1896) y la participación de éstas en todas las categorias premiables (a partir de 1903) hay que reconocer que tenía más que ver con un orgullo chovinista que con alguna forma de conciencia social. Las feministas supieron explotar hábilmente con sus argumentos que otros países como Suecia, Holanda o Dinamarca empezaban a aceptar mujeres en instituciones públicas (y, como investigó Nikolaus Pevsner, las Academias de arte decimonónicas no son sino trasuntos culturales del mercantilismo, esto es: enormes fábricas estatales de capital cultural según una lógica de competición entre naciones).

La cuestión es que hace unos días recordaba todas estas lecturas y, cual Nacho ante los códigos vaginales de los servilleteros (pero con menos gracia), tuve la extrañísima e inusual sensación de encontrarle algún sentido a mis estudios de Historia del Arte. Todo vino porque me crucé con una entrada de Mokhtar Atitar que se hacía eco del trabajo que Alison Saracena está llevando a cabo en la India. Resumiendo, esta cooperante ha fundado una escuela de formación profesional en informática dirigida a mujeres pobres. En un contexto donde, por no tener, los pobres no tienen ni derecho a escribir su historia (al menos hasta el trabajo de Ranajit Guha), esto tiene algo de pequeña hazaña.

La informática ha roto, en parte, el sistema tradicional de las castas en la India, por el que un miembro de una casta no puede acceder a determinados puestos de trabajo. Al ser la informática un sector novedoso, sin tradición gremial, cualquiera puede trabajar como informático. Ese resquicio para la promoción social es el que ha venido usando Alison Saracena en la India.

¿Y dónde queda la Historia del Arte en todo esto? Al leer sobre el trabajo de Saracena en la India me acordé de la fotógrafa Julia Margaret Cameron (curiosamente nacida en Calcuta, aunque podrida de dinero), quien era contemporánea a las artistas antes citadas. Lo interesante del asunto es que Cameron pudo dedicarse al ejercicio de la fotografía sin ningún tipo de presión social mientras sus colegas escultoras y pintoras (no menos aristócratas que ella, ojo) tenían que convencer a los señores académicos de que lo único que querían era esculpir y pintar sin necesidad de sumir en la mediocridad y la fornicación las sagradas salas de la École. Por supuesto, el hecho de que Cameron se dedicara a una práctica técnica ignorada por las Bellas Artes académicas le permitía moverse en un espacio desregularizado, en un resquicio imprevisto por las jerarquías sociales dominantes.

Lo que me interesa retener es cómo unas prácticas tecnológicas innovadoras pueden abrir espacios de sociabilidad imprevistos y, en cierta manera, emancipadores. Basta con mirar a nuestro alrededor para encontrar buenos ejemplos de cómo determinados avances técnicos son mucho antes apropiados por los de abajo que por los legisladores de arriba. Por no hablar de qué nodos se podrían tejer entre esta idea y lo que entendemos por práctica artística o creativa poniendo el asunto en perspectiva histórica. Cuánta tela que cortar.

Formas de recordar

febrero 14, 2011 en arte, fotografía, historia, imagen

Al fotógrafo Gervasio Sánchez le seguía la pista desde aquel discurso de 2008 que era como una bofetada en la cara de los políticos de turno a propósito de su proyecto Vidas Minadas. Su última exposición, Desaparecidos,  no defrauda. Son imágenes al límite de lo visible, donde todo lo que está -un pasaporte, una camiseta acribillada a cuchilladas, la mirada de una madre- remite al que no está, al ausente.

Mirar la representación de lo irrepresentable es un ejercicio extremo. Salía de la exposición con un amigo y me sorprendía a mí mismo con una pregunta estúpida: “¿Te ha gustado?”. Luego vinieron más preguntas. ¿Puede gustar? ¿Debe gustar? ¿Dónde está el límite de la representación del dolor, del voyeur morboso? (Adelanto la respuesta: el límite está en el medio de representación).

Todo el asunto me recordaba a la genial reflexión que Nacho publicaba hace poco sobre la banalización del monumento dedicado a las victimas judías del Holocausto en Berlín. Es difícil añadir nada a sus observaciones. En todo caso que era previsible que el monumento de Berlín acabara siendo lo que es -un lugar pintoresco. Sospecho que sus promotores políticos tenían en mente al turista y su cámara digital antes que a ese mitológico ciudadano reflexivo confrontado a su conciencia histórica. Quizá algo de todo esto había en la decisión de Richard Serra de abandonar el proyecto tras sus roces constantes con Helmut Kohl. Pero hay más.

El otro día leía un texto de Slavoj Žižek que abordaba este asunto. Más allá de la paja psicoanalítica y sus típicas provocaciones de chico malo de la clase, el siniestro esloveno tocaba puntos interesantes. Citando la obra de Jorge Semprún o Alain Resnais como ejemplo, Žižek contradice el tópico del Holocausto como lo irrepresentable y opina que “el Holocausto SÓLO se puede representar mediante el arte”. Recordaba a Primo Levi para sugerir que la peor pesadilla de las víctimas es no encontrar un receptor que comprenda su horrible experiencia. Y tal vez la única forma de compartir un desgarro extremo pase por ciertos recursos poéticos. Algo así perseguía Semprún con su trabajo narrativo en el El largo viaje: evocar la total alienación de la noción de tiempo, la desorientación más cruel entre pasado, presente y la improbable existencia de un futuro. Algo similar ocurre con las imágenes de Sánchez: las fotografías que más me golpearon no fueron las frontalmente documentales -las terroríficas fosas abiertas sembradas de esqueletos. Fueron las de los objetos personales de los desaparecidos: sobre mesas, inmóviles, impregnados al mismo tiempo de presencias y ausencias.

Žižek pasa de puntillas por la cuestión de los medios. Como recordó Benjamin, el régimen de propiedad de una obra de arte determina la recepción de la misma. Difícilmente se podrá frivolizar con un texto de Semprún, las imágenes de Resnais, una fotografía de Sánchez o cualquier otra forma infinitamente reproductible de expresión artística donde el espectador se enfrenta a la experiencia y la recibe de tú a tú. Sin embargo, la obra singular y única, cualquier monumento como el de Berlín, juega peligrosamente en el terreno de la estetización, el de la mutación en fetiche -todo acaba con una fotografía en contrapicado en la sección a color de tu guía Lonely Planet.

Esto puede parecer una reflexión gratuita, pero se puede resolver con un simple ejercicio. El memorial de Berlín puede vaciarse de “sentido” reteniendo de él sus propiedades formales y pintorescas de lugar único. De ese modo puede verse como un lugar apropiado para tus fotos de fin de curso o como escenario para un book de moda (le tomo prestadas las fotos a Nacho).

¿Se puede imaginar un empleo parecido de un texto de Semprún? -como podría ser su utilización para un guión publicitario o, por qué no, como lectura en voz alta para echarte unas risas con tus colegas.

El más pequeño comenzaba ya a perder terreno, los SS aullaban detrás de ellos, y los perros comenzaron a aullar, pues el olor de la sangre les volvía locos, y entonces el mayor de los dos niños aminoró la marcha para coger de la mano al más pequeño, que ya iba tropezando, y recorrieron junto unos cuantos metros más, la mano derecha del mayor apretando la mano izquierda del pequeño, recorrieron juntos unos cuantos metros más hasta que los porrazos los derribaron juntos, con la cara sobre la tierra y las manos unidas ya para siempre.

La relación que se puede establecer con un monumento o una obra singular bascula entre el shock de la espectacularidad y el cachondeo turístico del “yo estuve allí”. Esto atrae turistas. Pero no genera conciencia crítica.

Hay artistas contemporáneos que lo han comprendido del todo. Como Rogelio López Cuenca que junto con otros artistas malagueños consiguieron reconducir un proyecto municipal de monolito en una rotonda por el archivo virtual malaga1937 en recuerdo de las víctimas de los bombardeos fascistas en la ciudad. O el impresionante trabajo de Francesc Abad en el Camp de la Bota, escenario de fusilamientos masivos franquistas. Ante la inminente edificación de esa vomitiva estepa de hormigón que es el Fòrum de Barcelona sobre el lugar, el artista de Terrassa rastreó cuidadosamente la memoria de la zona. El resultado es un archivo virtual estremecedor de apariciones fugaces. Como fugaces aparecen los que no están en las fotografías de Sánchez. ¿Podría el espectador de estas obras posar sonriente ante ellas?

La gente inocente siempre sufre

febrero 6, 2011 en arte, política

I

Nunca olvidaré la primera vez que visité a Pep Monter en el MuVIM. Era el año 2005, yo acababa de instalarme en València para estudiar Historia del Arte. Fue la primera de muchas visitas, de muchos paseos en círculo, del humo de la pipa, de escuchar historias de curas rojos mano a mano con los obreros en huelga en pleno franquismo, de volver a creer durante unos segundos en el arte visto por los ojos de Alfons Roig y su biblioteca, de poder conocer de cerca el trabajo de artistas tan interesantes como Markus Döhne y de acabar haciendo mis prácticas en el que fue el museo más interesante de València, donde aprendí la lección del sapere aude ante lo impresentable.

La cuestión es que aquel primer día, antes de despedirnos, Pep me dio una fotocopia del discurso de aceptación del Nobel de Literatura de Harold Pinter (en castellano aquí). Lo leí entero nada más volver la esquina. Algún día conseguiré probar que ese texto ha marcado buena parte de mis ideas, esperanzas, cóleras y caminos. Lo cierto es que secretamente nunca he dejado de escuchar la voz oxidada de Pinter al preguntarme una y otra vez cómo las imágenes, o eso que nos empeñamos en llamar arte, puede salvar aunque sea un último harapo de nuestra dignidad política. Pep dice que es inmerecido, pero le debo mucho a aquellos paseos a medio camino entre la dialéctica socrática y el anem a fer-nos un cigarret.

II

El otro día volví a encontrarme cara a cara con Pinter al escribir unas impresiones -bastante desenfocadas- en torno al Truth and Politics de Hannah Arendt.

Releyendo el discurso me detuve en un episodio:

El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El líder del grupo de EEUU era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo: “Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de EEUU retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista.”

Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional, responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad. “Padre”, dijo, “déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre”. Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.

La gente inocente, en realidad, siempre sufre.

Como Julio recordaba hace poco, la tecnología militar siempre va 50 años por delante que el resto de los mortales. ¿Ocurrirá lo mismo con la ideología? ¿Son las tácticas militares de hoy las formas de hacer política de mañana? Me preguntaba qué habría sido de aquel tal Raymond Seitz, el racional, responsable y altamente sofisticado diplomático. ¿A quién serviría ahora su brazo ejecutor, eficiente y trivial como un Eichmann?  No tuve que buscar muy lejos para encontrar la biografía del Honorable Raymond George Hardenbergh Seitz. Y supe dónde acabaron sirviendo sus virtudes.

He was Senior Managing Director at Lehman Brothers International from 1995–1996, and Vice-Chairman from 1996-2003.

III

Como Rimbaud, me estoy acostumbrando a la alucinación simple. Igual que hace unos meses creí ver durante un instante el cañón humeante que habría matado a Vic Chesnutt, confieso que me dio un escalofrío al pensar en Seitz, el ético del daño colateral, al frente del gigante financiero que pone cara a la actual crisis económica.

Luego las imágenes empezaron a derrapar: una turba de ciudadanos ante él, ante el Honorable, preguntando por qué, por qué estamos todos manchados de su mierda, de su presente de mierda, de su futuro de mierda, de sus especulaciones de mierda, de sus soluciones de mierda.

Hemos de imaginar al Honorable en una sala de reuniones, sentado en una larga mesa tan insulsa como inquietante. Nos será fácil imaginarlo, piensen en los cliparts predefinidos del Microsof Office (tengo pendiente un estudio estético y político de las imágenes predefinidas de Microsoft: la estética del poder del nuevo espíritu del capitalismo son imágenes vectoriales coloreadas en 8 bits ilustrando anodinamente presentaciones de Power Point con plantilla).

El Honorable nos observa, los puños impecables que sobresalen calculadamente de la americana, la espalda recta, los antebrazos correctamente reposados. “¿Por qué estamos pagando vuestra mierda?”, preguntamos. Y ya conocemos la respuesta.

Déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre.

IV

Général, s’il reste un vieux canon sur tes remparts en ruines, bombarde-nous avec des blocs de terre sèche. Aux glaces des magasins splendides ! dans les salons ! Fais manger sa poussière à la ville. Oxyde les gargouilles. Emplis les boudoirs de poudre de rubis brûlante…

Arthur Rimbaud

Los versos de Toftblonna Kab

enero 2, 2011 en arte, literatura

Nosotros no fallamos todo el pasado extraordinario

La mareadora, 1 de enero de 2011

Este blog oculta en sus entrañas tecnológicas un severo aparato represivo: Akismet, un gendarme que decide mediante juicios sumarísimos y automáticos qué comentarios son basura y qué comentarios merecen figurar públicamente en las ilustres páginas de Dziga. De tanto en tanto, como quien pasa revista a sus presos de guerra, ojeo los textos que mi fiel esbirro intercepta: rentabilísimas ofertas de seguro, tratamientos de alargamiento de pene, uniones aleatorias de letras y enlaces incomprensibles, todos sometidos a la censura, la oscuridad y el silencio. Hasta hoy, cuando he descubierto que los filtros fronterizos de esta isla llevaban días bloqueando los esfuerzos poéticos y maquinales de Toftblonna Kab por ponerse en contacto conmigo.

Toftblonna Kab, 30/12/2010 at 20:04

They yet sustain a low-lying on every so day in and day gone from old-fashioned a bond on space for all time people enterprise software and Fashionable a absorb sites that unpleasantness it ridiculously trouble-free to privateer, and up the quality. If that happens, then there avail be no stopping piracy. But they’re too on the qui vive and timid of losing. Risks unthreatened to be pleased!

Toftblonna Kab, 01/01/2011 at 15:30

They in any way make a bravado tempo forwards people mirage up software and Springe sites that get to a skedaddle championing it it ridiculously unvarying to corsair, and up the quality. If that happens, then there claim be no stopping piracy. But they’re too on the qui vive and shaky of losing. Risks suffer with to be spellbound!

Toftblonna Kab, 02/01/2011 at 13:21

They at particular travesty a indelicate on sooner in advance people articulate software and Network sites that get a run for it ridiculously carefree to picaroon, and up the quality. If that happens, then there intending virtually be no stopping piracy. But they’re too watchful and scared of losing. Risks unthreatened to be french!

Los comentarios imbéciles de Toftblonna Kab hablan de un universo infinito de algoritmos que se transforman en frases más o menos inteligibles, de estrofas virtuales que fluyen por la red en combinaciones aleatorias. En el caso de esta buena señora es verdad que su nombre acababa en una decepcionante página todo spyware. Pero no podemos juzgar a Toftblonna Kab por sus crímenes cibernéticos y negar su talento literario, capaz de tratar desde el imparable desarrollo de la piratería hasta el travestismo singular pasando por el riesgo inherente a ser francés, todo en un esquema sucesivo, tres días de intensa escritura dadaísta, desafíos gramaticales, variación sobre un mismo tema, Goldberg. Y como sus estúpidas palabras, millones de estrofas fluyen silenciosas por la red, engulléndose y transformándose entre ellas mismas como organismos abisales interminables. Ahora toca decir que Borges ya predijo todo esto pero como yo también estoy harto de Borges diré otras cosas.

Por ejemplo, que es posible recoger el valor poético de estas constelaciones automáticas de palabras y de paso cuestionar la mitología del autor individual -el heroico y solitario creador de mundos- preguntándonos cuánto es nuestro de lo que producimos. De todo esto habla  el último libro de Eugenio Tisselli: El Drama del Lavaplatos. Sus poemas están escritos mano a mano entre el autor y su máquina de ajetrear palabras: PAC (máquina que, por cierto, ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y mantiene un blog en el que publica regularmente). El lado humano del combo lo explica todo en una entrevista.

Probablemente no nos quede más que aceptar la profundidad insondable de las palabras y las imágenes acumuladas tras nosotros. El texto de este post algún día será engullido por un algoritmo creativo y devendrá poesía o tal vez lo transforme una pérfida Toftblonna Kab que bombarderá con asqueroso spam vuestros buzones. Y mientras tanto, una máquina de narración perpetua está buscando por su cuenta frases que transformará en dibujos y dibujos y dibujos. Algún día todos nosotros estaremos estampados en su rollo de papel continuo, culminando una asociación de términos imposibles, bajo la forma de un cacharro patentado cualquiera.