Después de todo, estamos en guerra. Una guerra sin fin. Y la guerra es el infierno, mucho más de lo que la gente que nos metió en esta guerra vil parece que esperaba (…) Pero en nuestra sala de espejos digital, las imágenes no se desvanecerán (…) E incluso si nuestros dirigentes prefieren no mirarlas, habrá miles de instantáneas y vídeos adicionales. Incontenibles.
Con estas palabras cerraba Susan Sontag en 2003 un genial artículo cuyo título original (incomprensiblemente alterado en varias reediciones) era The Photographs Are Us. Se trataba de la redacción de la pensadora ante la publicación de las imágenes de las torturas de Abu Ghraib.
La reflexión de Sontag no ha perdido un gramo de verdad y menos estos días, en los que nuestros ojos todavía intentan acostumbrarse a la luz cegadora que la última y contundente acción de Wikileaks nos ha arrojado a la cara: la desclasificación de 40.000 documentos que evidencian más crímenes indiscriminados de las tropas estadounidenses en Irak.
Y, de nuevo, las consecuencias de la acción no se reducen tanto a las municiones empleadas como a los medios. En este sentido, merece la pena detenerse un segundo en el asedio amarillista contra Julian Assange, cabeza visible de Wikileaks.
Si Foucault estaba en lo cierto, la figura del autor individual e identificable habría sido una respuesta represiva extremadamente calculada ante las posibilidades subversivas del arte y la literatura a mediados del siglo XIX (y según ha investigado T.J. Clark, parece que no era ninguna broma el poder de impugnación que llegó a tener la producción artística entre barricada y barricada en París).
Desde ese punto de vista, el del asalto contra la cabeza visible, no es de extrañar la rémora intermitente y calculada de las causas por acoso sexual pendientes contra Assange. La última, en una entrevista en la CNN en la que Assange termina por largarse.
Nada nuevo bajo el sol. En su Ways of Seeing, John Berger insistía en el insidioso poder político de algo que podríamos llamar contaminación de la imagen por la palabra. De este recurso deriva, al fin y al cabo, la importancia política de controlar la ortodoxia interpretativa de la imagen, algo que técnicamente se ha convenido en llamar Historia del Arte. Es revelador un ejemplo que cita Berger en su libro:
Aquí tenemos el paisaje de un trigal con pájaros que vuelan sobre él. Mírenlo unos instantes. Después vuelvan la página.

Éste es el último cuadro que pintó Van Gogh antes de suicidarse.
Es difícil definir exactamente en qué medida estas palabras han cambiado la imagen, pero indudablemente lo han hecho. La imagen es ahora una ilustración de la frase.
Esa gota malaya cínicamente empleada por los medios contra Assange (contra la imagen de Assange, su aparición mediática) funciona exactamente del mismo modo. Es inevitable desligar la representación visual del portavoz de Wikileaks de la sombra de las acusaciones, ya sea para rebatirlas como manipulación miserable o como atajo moral para condenar las revelaciones de Wikileaks (hay que matizar que a día de hoy estas acusaciones no han podido ser probadas, sin olvidar que la causa fue retirada y presentada de nuevo coincidiendo con los momentos de mayor activismo de Wikileaks). Atika Shubert, la periodista de la CNN, tiene la irritante pero reveladora virtud de la sinceridad frontal, casi cínica:
But… the story about you is eclipsing the work of Wikileaks.
Por supuesto, la respuesta de Assange (como la respuesta que redactó Efrim Menuck, de Godspeed You ! Black Emperor, tras las infamias publicadas en OOR a partir de una entrevista manipulada) deja muy claro en el nivel tan miserable en que nos encontramos:
I’m going to walk if you’re going to contaminate the death of 104.000 people with questions about my person…
La capacidad que consigamos desarrollar para contrarrestar el poder de difusión de estas contaminaciones verbales de los mainstream media determinará en gran medida la eficacia de las acciones políticas basadas en la comunicación y en la imagen (y con permiso de la Escuela de los Pedantes -Baudelaire dixit- me permitiré decir que éste y no otro es el espacio de una concepción política del arte en la actualidad). Más luciérnagas, más puntos de luz en movimiento constante. Que no se nos olvide: las imágenes incontenibles somos nosotros.
Eco!