Bertolt Brecht insistió en que el teatro épico debía crear un efecto de distanciamiento tan marcado que en ningún momento el espectador creyera estar ilusoriamente ante la realidad. El carácter representacional y construído de la obra era transparente, y en este gestus radicaba su potencial político. En un juego de espejos explícitamente trucados, la colisión de unos gestus con otros tensaba críticamente las relaciones sociales.
De alguna manera -probablemente mítica- echo de menos aquellos momentos en que los gestus eran brechtianos e histriónicos, se introducían como ganchos afilados en las grietas menos esperadas del presente y lo dejaban, al menos durante unos segundos, hecho unos zorros.

Ésta es una foto de Pedro Lemebel. Poeta, izquierdista y activista homosexual, así leyó uno de sus textos durante un acto político en plena dictadura de Pinochet.
Tras visitar el otro día la exposición If You Lived Here, Still… en la Virreina me volvía a casa pensando, aunque una cosa y otra no tuvieran nada que ver en apariencia, en la potencia del gestus de Lemebel. Lo cierto es que sentía una especie de nostalgia y mucho, mucho frío.
La exposición traía a Barcelona el archivo que Martha Rosler, una de las artistas políticamente más activas de las últimas décadas, plantó en 1989 en plena Dia Art Foundation. La artista introdujo en uno de los centros de referencia del high art neoyorquino una recopilación de documentos, carteles, pancartas, panfletos y recortes relacionados con los movimientos sociales en defensa del derecho a la vivienda y la lucha contra la especulación y la gentrification (lo que en valenciano se dice “llenar el barrio de putas y yonkis y derribarlo“). Se permitió yuxtaponerlos a algunos recortes: las últimas exposiciones multimillonarias de Frank Stella o noticias de los condes de York posando en frac ante su generosa donación para la adquisición de un pollock. Paralelamente, Rosler consiguió colar en las pantallas de Times Square varios mensajes extremadamente críticos. Si Lemebel construía su gestus convirtiéndose en una materialización de sus propios personajes literarios como reverso histriónico del beaterío fascistoide, Martha Rosler también se valía de un juego de espejos antagónicos: introducía pasquines y serigrafías arrugadas en un templo de lo Sublime y un retrato despiadado del dinero escrito por las mismas bombillas que normalmente sólo dejan discurrir, indolentes, las cotizaciones de Wall Street.
El montaje de la Virreina reconstruía el archivo original de Rosler y le añadía un segundo corpus documental sobre iniciativas similares en la Barcelona contemporánea: así, se recordaban acciones como los movimientos vecinales autogestionados de Nou Barris, el trabajo de colectivos como Sitesize, las cartografías críticas de Gran Hotel Barcelona y los iconoclasistas o las reivindicaciones de V de Vivienda. Lo cierto es que disfruté tanto uno como otro archivo, los materiales y los movimientos autogestionados representados son ciertamente interesantes.
Pero volviendo a casa, a medida que me se disipaba la ilusión de realidad y se me imponía la distancia brechtiana, me vino la nostalgia del gestus y el frío.
La nostalgia: el potencial político de un gestus no es autónomo sino que se construye en relación con su contexto. Y si inundar la Dia Foundation con los papeles mugrientos de los sin techo y hackear pantallas de publicidad en el 89 era como mirar a Pinochet con cara de hoz y martillo en 1980, disecar ese momento (y de paso sus homólogos recientes) en plena Barcelona shopping night en 2010 chirría.
El frío: cuando se pacta con el diablo hace frío, lo dice Thomas Mann y sabía de esto. Lo cierto es que cogí mucho frío en la exposición de la Virreina. Por supuesto, esto no quiere decir nada ni de las acciones políticas de Rosler ni de los movimientos sociales barceloneses sino del contexto en que los encontraba. Ya no es la crítica la que hackea la institución artística sino la institución la que hackea la crítica. Los términos del pacto son claros: después de provocar tu ira y reprimirla policialmente, el Ayuntamiento de Barcelona te abrirá sus puertas y disecará el rastro material de tu activismo en una de sus salas de exposiciones. Tus críticas políticas tendrán difusión, sí, pero lo harán bajo el patrocinio de Nestlé, que no sólo desgravará por ello (como los condes de York satirizados en 1989 por el propio montaje de Rosler), sino que además pondrán otro granito de arena para salvar su imagen de responsabilidad social corporativa frente a su interminable lista de cargos a lo largo y ancho del planeta: explotación de ganaderos en Pakistán, deforestaciones en Indonesia, maltrato laboral en Nicaragua, asesinato de sindicalistas en Filipinas, connivencia con la dictadura de Mugabe en Zimbabwe…
Adrian Leverkühn: ¿No podrías poner término a esa absurda corriente helada?
Mefistófeles: No, y lo siento. Me apena no poderte complacer. Soy frío y no lo puedo remediar. Si no fuera así, ¿cómo podría resistir y encontrar soportable el lugar donde vivo?
Eco!