Un interesante caso de estudio, que daría para un libro gordo y con fotos, es el de las reacciones de los grandes teóricos críticos de la segunda mitad del siglo XX ante los movimientos sociales.
El capítulo central sería mayo del 68, por supuesto. Y un protagonista destacado, Theodor W. Adorno. La cosa tiene su miga, porque mientras los estudiantes se unían al movimiento obrero en las calles, el teórico de la revolución antiburguesa tachó aquello de irracional, infantil, accionista, irreflexivo y hasta fascista-de-izquierdas. Lo cierto es que, junto a Habermas, se negó a prestar apoyo al comité de huelga de la facultad (quizá esta colaboración habría supuesto un incentivo para la reflexión del movimiento) y sufrió repetidos sabotajes en sus clases: estudiantes semidesnudas se suben a su tarima, se escriben consignas en su pizarra y el hombre lo pasa realmente mal, como confiesa en sus cartas. En el mismísimo meollo del 68, Lacan tampoco hacía demasiadas buenas migas con los estudiantes movilizados y, como recordaba Slavoj Žižek, les soltaba aquello de:
Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo. Y lo tendréis.
Por supuesto, la reflexión crítica sobre el 68 es más que necesaria –en general, la elaboración de cualquier discurso político mínimamente serio. Sin embargo, analizar los errores y aspectos mejorables de aquel proceso contestatario no es incompatible con el reconocimiento de las virtudes de un movimiento que, efectivamente, supuso un gran susto para el poder hegemónico -en esta doble línea se mueve una interesante reflexión de Francisco Fernández Buey sobre el asunto. De hecho, se podría especular sobre cómo habrían ido las cosas si, en lugar de despotricar desde sus despachos, figuras como Adorno, Lacan y compañía se hubieran arremangado y colaborado en el diseño de estrategias del movimiento. La situación no es tan extraña de imaginar si se recuerdan los interesantes diálogos de Herbert Marcuse con las asambleas de estudiantes de la Universidad Libre de Berlín en el 67.
También es verdad que en ocasiones se ha dado este diálogo y casi mejor haberlo evitado. Como muestra, Pierre Bourdieu. Cualquier lector atento se habrá dado cuenta de que sus (muy interesantes) obras basculan entre un compromiso político honesto y una extraña forma de paternalismo unida a la reivindicación del intelectual como guía-del-palurdo-proletario. El asunto tuvo un momento cumbre en las huelgas del 95. Allí, ante los desempleados movilizados, sólo se le ocurrió decirles: “¡Sois un milagro social!”. Le faltó añadir: sois un milagro social porque siempre he defendido que necesitabais un intelectual que codifique lo que queréis y por qué lo queréis y de repente os habéis organizado solitos, cosa que no me explico, y lo dejaremos en eso: milagro, sois un milagro, cosa rara que pasa de guindas a brevas y así, de paso, seréis la excepción que confirma mi regla.
El asunto se puede complicar mucho. La crítica que acabo de exponer, que ve en Bourdieu la enésima repetición del intelectual como “vanguardia política” y portavoz-ventrílocuo de una masa atontolinada, la formula Jacques Rancière (un autor que, al igual que Bourdieu, admiro muchísimo y no sólo por su foto en Wikipedia). El problema es que el mismo Rancière, en diversas entrevistas, ha desprestigiado movimientos sociales contemporáneos con argumentos no menos presuntuosos. Al movimiento de revuelta de las banlieues del 2005 lo puso a caldo, algo que puede llegarse a explicar por la deriva violenta y bobalicona que conoció aquello pese a su prometedor potencial. Menos explicables parecen sus críticas sobre la reivindicación de “dignidad” de los sin papeles en nombre de ciertas esencias terminológicas. Como recuerda Charlotte Nordmann:
Paradójicamente, Rancière renueva la argumentación que criticaba en Althusser: los sin papeles, que “hablan de buena gana el lenguaje de la dignidad”, emplean palabras impropias para expresar sus verdaderas reivindicaciones, reemplazando los términos políticos que son la igualdad o la libertad por los términos “ética” o “dignidad”.
La cosa se le va ciertamente de las manos a Rancière en sus estudios sobre el movimiento obrero decimonónico. Por un lado, celebra como “forma totalmente suficiente de inscripción en lo social de la igualdad” el hecho de que los obreros fueran autorizados a leer sus propios periódicos en los talleres. Sin embargo, de forma bastante sorprendente, en otro punto afirma:
¿Por qué querer que este poder que han adquirido los obreros al demostrar, durante una huelga, que para el caso podían gestionar su fábrica, encuentre su perfección al realizarse permanentemente allí bajo la forma de la autogestión?
En otras palabras, si se ha demostrado la capacidad de autorganización de los obreros, importa poco o nada que se instale un nuevo orden productivo en la fábrica. Curioso, cuanto menos.
Pocos intelectuales comprometidos reconocen abiertamente estas contradicciones (muy complejas) entre teoría y práctica, especulación y acción. El puente que une la teoría y la práctica crítica es incierto y delicadísimo, pero es de una urgencia extraordinaria re-pensarlo y re-hacerlo. Al respecto, me resultó especialmente interesante una reflexión de Boaventura de Sousa Santos, al que tuve la suerte de escuchar hace unos meses en Barcelona. Santos nos habló de su experiencia en la Universidad Popular de los Movimientos Sociales. Concebida como un punto de encuentro entre intelectuales y diferentes corrientes reivindicativas (desde feministas a indígenas pasando por movimientos obreros y largo etcétera), esta institución nómada es un punto de diálogo inédito entre la academia y los movimientos sociales. Pero lo más importante, nos dijo, era la primera noche de convivencia en los talleres. “Ponemos música y nos emborrachamos”, confesó. “Y ahí ves a los intelectuales aislados en corrillos y avergonzados porque no saben bailar”. Por supuesto, el resto de asistentes los acaban convenciendo y todo el mundo acaba de fiesta. Las reuniones al día siguiente son las más fructíferas.
Eco!